P o l i t i l o c a: una mirada micropolítica de la ciudad
Por Magda Reyes - Licenciada en Ciencias Políticas.
Muchos temas, muchas novedades, muchos eventos, y en las últimas semanas la lluvia en la ciudad estuvo haciendo desastres. ¿Se acuerdan que venimos hablando del derecho a la ciudad y de la no neutralidad de las políticas públicas? Bueno, resulta que las lluvias nos ponen en cuestión ambas cosas. El clima afecta a la ciudad de manera diferencial a las personas que viven en condiciones adecuadas y a las que no. Así que, por acá, por más obvio y reiterativo que suene, militaremos también la necesidad de enfoque interseccional de la lluvia.
Viedma se complejiza (iba a poner crece, pero eso es discutible según el INDEC) por lo que requiere un modelo de ciudad que integre la diversidad de realidades y que apunten a mejorar la vida cotidiana de la población repensando cómo se distribuyen realmente los recursos, los tiempos y las oportunidades entre distintos grupos sociales. La línea de habitar y sentipensar la ciudad, es de lo que venimos hablando.
No quiero extenderme mucho más porque ya me dijeron que resuma las ideas, así que mientras saco la ropa de la soga antes que vuelva a llover, les recuerdo que el impacto del temporal en la ciudad funciona como un espejo que refleja las grietas de una planificación que, históricamente, ha priorizado el centro sobre la periferia y los barrios. La infraestructura urbana no solo es obsoleta frente al cambio climático, sino que es profundamente desigual. Sabemos que cuando el agua tapa las calles claramente no nos afecta a todos de la misma manera.
Lo obvio es centro o periferia, barrios con recursos e infraestructura urbana o sin previsión o planificación, comunidades que tienen redes de contención e información o comunidades aisladas, habitantes que tienen acceso o posibilidades de resolver sus condiciones habitacionales o los que van viendo cómo lo resuelven…personas, familias, grupos, barrios, colectivos, comunidades, de menor a mayor, aumento de la diversidad y la complejidad. Y si miramos transversal, las condiciones y las identidades, los recursos y las necesidades, es aún más necesario que la inteligencia pública se active y utilice los datos y los avances tecnológicos para poder responder de manera efectiva e integral a las particularidades de la ciudad, incluso con lo inmanejable que parece ser la cuestión del clima.
Resulta que, de manera mayoritaria, son las mujeres y las identidades feminizadas quienes, en los barrios más vulnerables, asumen de manera desproporcionada las tareas de cuidado en medio del desastre. En general, son ellas quienes deben ingeniárselas para mantener la higiene, cocinar sin servicios básicos y proteger a las infancias y personas mayores mientras el agua amenaza con entrar a sus hogares. Sobre esto hay datos duros (además de los datos específicos que debe tener el municipio): las mujeres duplican a los varones en el tiempo que destinan a las tareas de cuidado y lo hogares pobres están mayoritariamente a cargo de mujeres solas. La crisis climática aumenta la lente de las desigualdades y la respuesta estatal debe reconocer que estas se intensifican con cada tormenta.
No es solo el agua, es la precariedad habitacional, la falta de transporte eficiente y la intermitencia de los servicios de salud en las zonas periféricas. Un vecino que se queda sin luz en el centro sufre una incomodidad; una trabajadora del barrio Nueva Vida que pierde su mercadería o no puede salir a trabajar porque el colectivo no llega, sufre una profundización de su pobreza. Y podría seguir dando ejemplos, pero está claro que la vulnerabilidad climática está estrechamente ligada a la clase, la edad y la ubicación geográfica, entre otras categorías.
Necesitamos una ciudad que integre al espacio público a las voces de los/as ciudadanos/as, de los/as habitantes, de las/os referentes barriales, que son las/os que mejor conocen el territorio y las que, en cada temporal, terminan gestionando la crisis antes de que llegue la primera camioneta municipal. La gestión del riesgo debe ser, ante todo, una política de derechos humanos.
Esta vez más breve, vvuelvo al rol familiar de cuidar a la pequeña que se pescó un resfriado con tanto cambio de clima, y voy pensando el próximo aporte para que el debate público sea más diverso y que la toma de decisiones, sea más democrática, inclusiva y sensible a las desigualdades. Les escribo la semana que viene.
Saludos
Politiloca[1]
[1] El nombre lo puso mi hijo Joaquín cuando era chico y me preguntó por mi profesión. Politóloga le dije, politiloca es mejor, me dijo él. Y algo de razón tenía porque para meterse en algunas cosas hay que estar un poco loco, y si pretendemos comprender el mundo tal cómo está ni te cuento. Si la vida me deja, ésta será una columna semanal sobre la vida pública de la ciudad: decisiones, contradicciones, pequeñas historias de la política local y sus efectos en la vida cotidiana. Porque a veces la política explica la ciudad… y a veces la ciudad explica lo politiloco que puede ser todo.
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