P o l i t i l o c a: una mirada micropolítica de la ciudad
Especial para ESTESUR: Magda Reyes - Licenciada en Ciencias Políticas.
Segunda semana de marzo
Esta semana se me estaba complicando elegir el tema para esta columna y mientras hacía zapping en redes sociales, me enteré de la muerte de Jürgen Habermas[1], un filósofo que sostenía que cuando las decisiones colectivas se discuten y se justifican públicamente la sociedad se vuelve más democrática.
Una de sus propuestas más conocidas es la acción comunicativa, según la cual el diálogo público y argumentado debería ser la base para coordinar acciones colectivas y tomar decisiones sobre los asuntos comunes. Hermoso planteo. Pero también, hay que decirlo, bastante idealizado. Uno podría pensar qué nadie estaría en desacuerdo con eso, pero…
El problema es que esa visión presta poca atención a las desigualdades reales que atraviesan la vida social y que condicionan quién puede participar efectivamente del espacio público. Porque en la práctica, las relaciones de poder, de clase, de género, entre otras, influyen en quién puede hablar, quién es escuchado y qué temas se consideran legítimos.
Pensaba en todo esto a partir de una noticia local de esta semana. Resulta que, durante una entrevista radial, una periodista que dialogaba con un histórico dirigente sindical terminó siendo el foco del malhumor del entrevistado, que reaccionó con irritación ante sus preguntas y la trató de manera irrespetuosa[2]. El episodio funciona como un pequeño botón de muestra de algo más amplio: nuestras voces, nuestras inquietudes y nuestras experiencias siguen chocando con inhabilitaciones sexistas y misóginas en el espacio público. En ese intercambio quedó bastante claro que la irritación no se debía solo a las preguntas, sino también al hecho de que quien las hacía era una mujer. Y todo esto ocurrió, además, en la misma semana en la que abundaron los mensajes formales por el Día Internacional de la Mujer Trabajadora.
La sensación es que seguimos lejos, muy lejos, de la igualdad que Habermas decía que había en el espacio público, en la que predominaba la lógica de argumentación racional. En un escenario donde persisten sesgos, estereotipos, segregación, brechas, discriminaciones y violencias, difícilmente podamos ingresar en las mismas condiciones a la deliberación pública.
En un escenario donde persisten sesgos, estereotipos, segregación, brechas, discriminaciones y violencias, difícilmente podamos ingresar en las mismas condiciones a la deliberación pública
Desde una organización de comunicadoras feministas de Viedma y Patagones, Acá Estamos[3], se difundió el repudio público frente a esta situación de misoginia y machismo dando cuenta de la violencia que en muchas ocasiones es minimizada porque se manifiesta en interrupciones, descalificaciones, silencios, ausencias, faltas de respeto y ataques. Esto evidencia la dificultad que persiste para que las mujeres sean reconocidas como voces legítimas en el debate público. Entonces surge una pregunta inevitable: ¿podemos hablar de un espacio público verdaderamente democrático si una parte de la sociedad sigue expuesta a la descalificación y a la violencia? Y si a la cuestión de género le agregáramos otras causas de desigualdad como la discapacidad, el origen étnico o la cuestión socioeconómica, es aún más difícil. Un espacio público no puede democrático si no se reconocen las desigualdades que pueden condicionar la participación y si persisten las formas de anular voces diversas.
Reconozco que mi idea inicial era homenajear a Habermas, y al final, terminé discutiéndolo un poco. Pero también es cierto que su teoría fue pensada para explicar el surgimiento del espacio público burgués en la Europa del siglo XVIII. Ese marco no alcanza para comprender del todo nuestras sociedades actuales, atravesadas por medios masivos, redes digitales, desigualdades estructurales y nuevas formas de mediación del debate público.
La filósofa Nancy Fraser[4] le cuestionó el supuesto de igualdad en la toma de la palabra en el espacio público y coincidimos en eso. Según ella, existen múltiples públicos de grupos históricamente excluidos (mujeres, minorías, colectivos, sectores subalternos) que tienen que construir sus propios ámbitos de deliberación para poder disputar representación, redistribución y reconocimiento. El problema del modelo de Habermas es que supone una deliberación entre iguales en sociedades que no lo son.
Lo peor es que la situación que experimentó la periodista local no se trata de un hecho aislado. Las periodistas/comunicadoras mujeres enfrentan cada vez con más frecuencia ataques en redes, descalificaciones públicas o tratamientos condescendientes en entrevistas. Todas estas, son formas de violencia que no siempre se denuncian, pero que siguen marcando quién puede hablar y en qué condiciones en el espacio público.
Un espacio público democrático tendría que estar nutrido de distintos modos de participación y comunicación, habilitar las voces que vienen de las periferias, de las racionalidades que nacen en los bordes, de las narrativas no hegemónicas, de las emociones, las experiencias y las subjetividades. Porque, como nos dijo Kate Millet, lo personal es político y somos parte del sistema que nos oprime.
En los medios de comunicación locales, como en la sociedad, también operan desigualdades, discriminaciones y violencias, menos visibles pero persistentes. Los sesgos y estereotipos de género siguen influyendo en qué temas se consideran propios de las mujeres y cuáles se reservan a los varones. Se observan también formas de segregación horizontal, cuando las periodistas son más frecuentes en coberturas consideradas blandas (sociales, educación, cultura) y menos en política o economía, y también en segregación vertical, cuando la presencia de mujeres disminuye en los espacios de decisión editorial, conducción de programas o dirección de medios. Estas dinámicas no siempre son explícitas, pero configuran un campo comunicacional donde las mujeres participan, aunque muchas veces con menor reconocimiento, menor autoridad simbólica y menor capacidad de incidir en la agenda pública.
El problema se vuelve aún más grave en un contexto en el que los discursos de violencia contra distintos sectores sociales se legitiman desde lugares centrales del poder. Eso habilita situaciones que hasta hace poco eran socialmente reprochables y que hoy vuelven a naturalizarse. Hay demasiados ejemplos recientes. Asistimos a un retroceso en materia de derechos que también afecta el terreno de la comunicación pública, los espacios de debate, sean reales o digitales. Bueno, les dejo por aquí este pequeño homenaje a Habermas que nos invitaba a desarrollar una acción comunicativa comprometida con la emancipación. Espero me perdonen la extrema simplificación, pero algunes lectores me pidieron menos texto.
Iba a decir que me debo al público, pero no, vuelvo a mi rol familiar de preparar mochilas para la semana y ojalá estas líneas sirvan, al menos un poco, para aportar a un espacio público más respetuoso, plural, democrático e inclusivo. Al final, creo que soy un poco habermasiana.
Saludos
Politiloca[5].
[1] Jürgen Habermas fue uno de los filósofos más importantes del siglo XX y XXI. Pensador alemán de la tradición crítica, defendió que la democracia y la verdad deben construirse a través del diálogo racional y la fuerza del mejor argumento, no del poder. Sus ideas sobre comunicación, ética y espacio público marcaron profundamente la filosofía contemporánea. QEPD.
[2] https://www.youtube.com/watch?v=zEjc1f1yNn4
[3] https://www.facebook.com/acaestamosviedmaypatagones/?locale=ga_IE
[4] Nancy Fraser (Baltimore, 20 de mayo de 1947) es una filósofa política, intelectual pública estadounidense. Profesora de ciencias políticas y filosofía en The New School en Nueva York. Es conocida por sus críticas y contribuciones teóricas en el ámbito de la filosofía política, especialmente es cuestiones de política de la identidad, justicia social y la teoría feminista
[5] El nombre lo puso mi hijo Joaquín cuando era chico y me preguntó por mi profesión. Politóloga le dije, politiloca es mejor, me dijo él. Y algo de razón tenía porque para meterse en algunas cosas hay que estar un poco loco, y si pretendemos comprender el mundo tal cómo está ni te cuento. Si la vida me deja, ésta será una columna semanal sobre la vida pública de la ciudad: decisiones, contradicciones, pequeñas historias de la política local y sus efectos en la vida cotidiana. Porque a veces la política explica la ciudad… y a veces la ciudad explica lo politiloco que puede ser todo.
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