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Quien haya caminado alguna vez Guardia Mitre sabe que allí el tiempo se toma licencias. Se aquieta. Se estira como la siesta. Por cuadras enteras, el pueblo conserva una respiración antigua, heredada de aquellos primeros años del siglo XX en los que inmigrantes europeos llegaron para hacer de un fuerte militar un refugio humano, un pequeño oasis entre el río Negro y los montes espesos que todavía vigilan en silencio.

En esa geografía detenida, hace poco más de medio siglo, una mujer decidió que la memoria no debía perderse. Hija del farmacéutico del pueblo, apasionada por la historia y por las voces mínimas, Emma Nozzi reunió recuerdos, anécdotas y documentos con motivo del centenario de Guardia Mitre. Ese gesto —tan silencioso como decisivo— fue también una forma de amor. Años después, su trabajo ampliaría el horizonte de la historiografía maragata, demostrando que los pueblos chicos también escriben páginas grandes.

Casi en simultáneo, mientras Emma ordenaba el pasado, otra historia comenzaba a escribirse desde el cuerpo y la pantalla. En esa misma localidad del Valle Inferior rionegrino nació una joven que, sin proponérselo del todo, terminaría siendo deseo colectivo. Cabellera rubia y ondulada, curvas tan sinuosas como el tramo del río que abraza al pueblo, piel clara como los veranos interminables y suave como las uvas del viejo vino patero Chacolí. Libertad María de los Ángeles Vichich Blanco se inventó a sí misma y se volvió Libertad Leblanc.

Fue el símbolo sexual argentino de los años sesenta y parte de los setenta, heroína de un erotismo insinuado, casi pudoroso para los estándares actuales, pero profundamente transgresor para su tiempo. En un país donde mostrar estaba prohibido, Libertad fue desafío y contraste. La contrafigura rubia de la morocha Isabel Sarli, con quien mantuvo una rivalidad más publicitaria que real, alimentada incluso por un afiche venezolano que anunciaba, sin rodeos: “Libertad Leblanc, rival de Isabel Sarli”.

Mientras la pujanza económica de Guardia Mitre comenzaba a declinar y se hablaba de integración regional con Viedma y Carmen de Patagones, la joven del pueblo cruzaba fronteras. Filmó Acosada, un drama erótico-policial en blanco y negro coproducido entre Argentina y Venezuela, que la proyectó al continente. En 1966, esa misma película llegó a Estados Unidos, doblada al inglés y rebautizada sin sutilezas como The Pink Pussy. De sus treinta filmes, fue el de mayor difusión internacional.

Libertad llegó a trabajar para Paramount Pictures y en los años setenta caminó alfombras rojas en festivales de prestigio, como el Festival de San Sebastián. Después vino el retiro, el último filme en 1989 (Standard), y una vida repartida entre Buenos Aires, Madrid y visitas frecuentes a su hija en Suiza. Murió el 29 de abril de 2021, pero su imagen —y su audacia— siguen intactas en la memoria del cine argentino.

Queda también la Libertad niña, la que estudiaba en Viedma y discutía con curas y monjas con una frontalidad que hoy suena entrañable. “Era una niñata un poco salvaje”, recordó alguna vez. “A los diez u once años discutía con los curas. A mi director espiritual, pobre, le saqué canas”. Lo cuenta sin rencor, con ternura, como quien entiende que ese carácter fue el mismo que luego la empujó a romper moldes.

Guardia Mitre guarda esas dos huellas femeninas con la misma paciencia con la que el río guarda reflejos. Una, la de la memoria escrita. La otra, la del cuerpo que desafió su época. Historia y deseo. Papel y celuloide. Y el pueblo, quieto y mágico, como si supiera que en sus calles nació algo que todavía merece ser contado.


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Autor: Addmin25