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La ciudad amaneció esta semana con un silencio distinto. No fue el de las marchas, ni el de las velas encendidas, ni el de los pasos lentos por las calles de Viedma. Fue otro: el que deja la partida de quienes hicieron del dolor una causa y de la causa, una forma de vivir. El martes falleció Filomena Tolosa, a los 83 años, la mujer que durante décadas sostuvo un reclamo que no aceptó atajos ni resignaciones.
Filomena fue, ante todo, la madre de Freddy Pazos, aquel joven que en agosto de 1993 fue sacado por la fuerza de un bowling y llevado a un descampado, donde terminó siendo asesinado. Desde entonces, su nombre quedó unido para siempre a una historia atravesada por el espanto, pero también por una dignidad inquebrantable. No sólo pidió justicia por su hijo: también resistió difamaciones, sospechas sembradas adrede y versiones que buscaron desgastar su palabra.
Quienes la vieron marchar lo recuerdan bien. Filomena encabezaba aquellas multitudinarias marchas de silencio cuando Viedma, desde distintos sectores sociales y políticos, acompañaba el reclamo. Caminaba sin estridencias, sin consignas vacías, con la serenidad de quien sabe que la verdad no necesita gritar para hacerse escuchar. Su figura se volvió símbolo: una mujer firme, constante, pacífica, que nunca confundió justicia con venganza.
Tras el asesinato de Freddy comenzó un largo y sinuoso recorrido judicial. Hubo pruebas falsas, maniobras de encubrimiento, intentos de desviar la investigación. Sin embargo, las pericias fueron determinantes: las huellas de un vehículo encontradas junto al cuerpo coincidían con las del móvil utilizado por Pablo Alejandro Morales y su compañero Richard Galván, ambos suboficiales de la Policía de Río Negro. Dentro de ese rodado se hallaron manchas de sangre y la tacha faltante de una de las botas de la víctima.
Un año después, ambos fueron condenados a prisión perpetua, pese a los reiterados intentos de desestimar pruebas y desacreditar testigos. Galván incluso solicitó al Consejo de la Magistratura el enjuiciamiento de jueces y funcionarios que intervinieron en la causa. Con el tiempo, los condenados accedieron a salidas transitorias, beneficio que aún conservan y que la familia Pazos sigue rechazando de manera sistemática.
Aun así, la historia quedó incompleta. Nunca se esclarecieron las motivaciones del crimen ni se investigó la posible participación de otros responsables o autores intelectuales. Esa zona de sombra fue, quizá, la herida que Filomena cargó hasta el final.
Hoy son sus hijas e hijos —Marcela, Dora, Graciela, Mariela, Oscar, Pablo, Omar y Raúl— quienes mantienen viva la memoria de Freddy y de esa madre que nunca bajó los brazos. Filomena se fue con la tranquilidad de haber dado todo lo que tenía: la voz, el cuerpo, el tiempo. Se fue sabiendo que el pedido de justicia no muere con quienes lo pronuncian. A veces, simplemente cambia de manos y sigue caminando.
 


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Autor: Addmin25