Escuchar artículo

Hubo un momento, apenas cayó la tarde, en que la plaza San Martín pareció respirar distinto. Como si el mármol del Libertador, quieto y solemne desde siempre, se inclinara apenas para escuchar el murmullo creciente de una multitud que llegaba con banderas vibrantes, brillos en la piel y una alegría que desbordaba las veredas. Así comenzó la décima marcha del orgullo LGBTIQ+ en Viedma: como un abrazo colectivo que le devolvió color al aire.

Desde la primera canción, quedó claro que esta no sería una marcha más. La presencia magnética de Florencia de la V, anfitriona del encuentro, marcó el compás. No pasó un minuto sin que alguien le pidiera una foto, ni un segundo sin que regalara una frase que iluminara. Su mensaje, entre sonrisa y aplauso, mezcló celebración con cuidado: habló del amor responsable, de la importancia de la salud sexual y del valor de mirarse al espejo sin miedo. Lo dijo con esa naturalidad suya que convierte lo urgente en humano y lo humano en una pequeña llamarada.

El recorrido tomó las calles del centro como si fuesen un escenario callejero. Familias enteras, abuelos curiosos, pibes con glitter y amigas tomadas de la mano se unieron al paso de la bandera infinita. Los balcones se abrieron; desde arriba la ciudad filmó, saludó, devolvió guiños.

En los jardines del Ministerio de Economía, el festejo explotó. Allí se mezclaron artistas locales con el ritmo electrizante de Sudor Marika, que le puso al cierre una potencia de festival mayor. Pero hubo un instante que quedó suspendido en el corazón de la gente: cuando Mía, una niña en transición, tomó el micrófono y cantó. Su voz fina y valiente quebró varias gargantas, incluida la de Florencia, que recordó su propia infancia sin escucha ni refugio, y celebró que hoy existan familias que acompañan sin titubeos.
“Lo más hermoso —dijo— es crecer sabiendo que te creen y te abrazan. Con eso, el mundo entero es posible”.

También hubo espacio para la literatura: libros que narran otras infancias, otras vidas, otras formas de ser y estar en el mundo. Obras que permiten reconocerse, comprender y abrir ventanas donde antes había paredes. La ovación fue un gesto de agradecimiento a quienes escriben contra la corriente, para que nadie vuelva a sentirse solo.

Cuando la marcha llegó a su fin, la voz colectiva tomó el centro de la escena. Un comunicado leído entre color y aplausos recordó que se cumplen diez años desde aquella primera manifestación en Viedma y Patagones. Diez años de pasos firmes, de discusiones, de emociones compartidas, de aprender a resistir sin perder la ternura. Diez años en los que la comunidad LGBTIQ+ sostuvo con amor lo que otros pretendieron borrar con odio.

El mensaje fue claro y cálido como una hoguera en la noche: los derechos no son un favor, la igualdad no es un eslogan y la memoria es un territorio que se cuida. Se reclamó un Estado presente, políticas concretas, presupuesto, acompañamiento real. Y, sobre todo, se afirmó lo que la marcha entera había demostrado de punta a punta: el orgullo no es un grito, es un modo de existir.

La décima edición cerró con una certeza que se quedó flotando sobre la ciudad:
no hay viento capaz de apagar lo que nace del amor y la dignidad.

Autor: Addmin25